El aumento de conductas autolesivas entre jóvenes preocupa a especialistas y familias. Lejos de ser un llamado de atención, se trata de una forma de expresar un sufrimiento emocional profundo que no logra canalizarse de otro modo.
En los últimos años, las autolesiones en adolescentes se han convertido en un fenómeno cada vez más visible y alarmante. Cortes, quemaduras, rasguños o golpes contra objetos aparecen como formas de lidiar con emociones intensas que no logran ser expresadas verbalmente. Detrás de estas conductas no hay, en la mayoría de los casos, un deseo de morir, sino la necesidad urgente de aliviar un dolor interno.
La problemática volvió al centro de la escena tras un hecho ocurrido en una escuela de Santa Fe, donde un adolescente protagonizó un ataque fatal. Según trascendió, el joven atravesaba un tratamiento psicológico y había presentado episodios de autolesión previos. Este caso expone la complejidad de un fenómeno que no responde a una única causa, sino a la interacción de múltiples factores individuales, familiares y sociales.
Especialistas en salud mental coinciden en que las autolesiones funcionan como un mecanismo de regulación emocional. El dolor físico actúa como una vía de descarga frente a emociones como angustia, frustración, enojo o vacío. En muchos casos, incluso, produce un alivio momentáneo debido a procesos fisiológicos que refuerzan la conducta, lo que puede llevar a su repetición.
Entre las causas más frecuentes se encuentran dificultades para gestionar emociones, conflictos familiares, experiencias de bullying, situaciones traumáticas, ansiedad, depresión y una sensación persistente de incomprensión o soledad. También influye el contexto sociocultural actual, marcado por la inmediatez y la baja tolerancia a la frustración, que dificulta la elaboración de malestares más profundos.
Las señales de alerta pueden ser sutiles: cambios bruscos de ánimo, aislamiento, irritabilidad, alteraciones en el sueño o el apetito, pérdida de interés en actividades habituales o el uso de ropa que cubre el cuerpo de manera inusual. Detectarlas a tiempo es fundamental para intervenir de forma temprana.
Ante la sospecha o confirmación de autolesiones, los expertos recomiendan evitar reacciones impulsivas o punitivas. En cambio, es clave abrir espacios de diálogo, escuchar sin juzgar y buscar ayuda profesional. El abordaje suele ser integral, con la psicoterapia como herramienta central, orientada a fortalecer la regulación emocional y desarrollar estrategias saludables para afrontar el malestar.
Si bien las autolesiones no suelen tener intención suicida, su repetición puede aumentar el riesgo de conductas más graves. Factores como el consumo de sustancias, antecedentes de intentos de suicidio o entornos familiares conflictivos agravan el cuadro.
En este contexto, la detección temprana, el acompañamiento y el acceso a tratamientos adecuados resultan fundamentales. Comprender que detrás de cada autolesión hay un mensaje de sufrimiento permite cambiar la mirada: no se trata de castigar la conducta, sino de escuchar lo que no está pudiendo decirse con palabras.