Inés fue durante años parte de la vida cotidiana de la escuela y de cientos de chicos que crecieron viéndola ahí.
Había algo que la hacía muy especial: el amor y la devoción que tenía por los niños. Los cuidaba, los acompañaba y encontraba en ellos su mayor alegría.
Guillermina Lezcano nos contó que durante la pandemia sufrió muchísimo. Las clases se suspendieron, los chicos dejaron de ir y, sin ellos, Inés estaba triste. Porque ellos eran su felicidad.
Inés había aparecido de cachorrita frente al Súper Día. Una de las encargadas del lugar la cuidaba, le daba comida y agua, y se llamaba Inés. Así recibió su nombre y así comenzó a crecer, acompañada por las personas que se fueron cruzando en su camino.
Hubo familias que intentaron adoptarla, pero Inés siempre se escapaba. Ella no quería estar encerrada: quería caminar, recorrer las escuelas, encontrarse con los chicos y estar donde se sentía feliz.
Y así fue ganándose el cariño de toda la ciudad. Si no estaba en la 82, podía estar con los inspectores de tránsito, paseando por la Escuela Normal, por UPM o en una de sus esquinas favoritas: la del sanatorio, mirando hacia la escuela, muchas veces con sus patitas cruzadas.
En 2019 nació la idea de hacerle un homenaje en vida. El escultor Marcelo Acuña realizó una escultura de Inés, ubicada junto a la biblioteca de la Escuela 82. Fue un regalo hecho desde el amor de Carolina y Guillermina, que querían que su historia quedara para siempre.
Inés eligió primero a Alejandra. Después eligió a Juana y a Carlos.

Ya siendo una viejita, Juana y Carlos le dieron un lugar cálido, lleno de amor y cuidados, donde pudo transitar sus últimos años acompañada y rodeada del cariño que tanto merecía.
En sus últimos días ya le costaba caminar, pero aun así seguía queriendo ir a la escuela. Quería estar con los chicos. Incluso tenía la costumbre de tomar exclusivamente el agua de la escuela.
Porque, hasta el final, su lugar feliz seguían siendo ellos: los niños.